El peligro de leer.

Ph. © Grazia Bucca

El libro más reciente de Roberto Saviano, La belleza y el infierno(Debate/ Ran­dom House Mon­dadori), que ya cir­cula en Méx­ico, reúne una serie de tex­tos que trazan un recor­rido por los leit­mo­tiv lit­er­ar­ios del nar­rador ital­iano y autor de Gomorra, obra sobre las ban­das delin­cuen­ciales de Nápoles, debido a la cual el escritor recibió ame­nazas de muerte. Con autor­ización de la edi­to­r­ial, La Jor­nadaofrece a sus lec­tores este fragmento

Escribir, en estos años, me ha dado la posi­bil­i­dad de exi­s­tir. Artícu­los y repor­ta­jes. Relatos y edi­to­ri­ales. Un tra­bajo que para mí no ha sido un sim­ple tra­bajo. Ha coin­ci­dido con mi propia vida. Si alguien esper­aba que vivir en una situación difi­cilísima me obligaría a escon­der mis pal­abras, se ha equiv­o­cado. No las he escon­dido, no las he per­dido. Pero esto tam­bién ha coin­ci­dido con una lucha, una lucha diaria, un cuerpo a cuerpo silen­cioso, como un com­bate en la som­bra. Escribir, no pre­scindir de mis pal­abras, ha sig­nifi­cado no per­derme. No darme por ven­cido. No desesperar.

He escrito en una decena de casas dis­tin­tas, en ninguna de las cuales he vivido más de unos meses. Todas pequeñas o muy pequeñas, todas, sin excep­ción, con­de­nada­mente oscuras. Me habrían gus­tado más espa­ciosas, más lumi­nosas, quería tener por lo menos un bal­cón, una azotea: lo anhelaba tanto como en otro tiempo los via­jes, los hor­i­zontes lejanos. Una posi­bil­i­dad de salir, res­pi­rar, mirar a mi alrede­dor. Pero nadie me las alquil­aba. No podía escoger, no podía patear para bus­car­las, ni siquiera podía decidir yo solo dónde iba a vivir. Y si se lle­gaba a saber que yo estaba en esa calle, en esa casa, no tenía más reme­dio que mar­charme. Es la situación de muchos que viven en las mis­mas condi­ciones que yo. Te pre­sen­tas para ver un piso que los cara­bineros han selec­cionado cuida­dosa­mente, después de son­dear al casero, pero en cuanto él te reconoce sus respues­tas siem­pre son las mis­mas:Le apre­cio muchísimo, señor, pero es que no puedo crearme más prob­le­mas, ya tengo bas­tantes, o: Si por mí fuera no habría prob­lema, pero tengo hijos, una familia, ya sabe, tengo que velar por su seguri­dad y –ter­cera y última–:Yo se lo dejaría ya, incluso gratis, pero la comu­nidad de propi­etar­ios me cru­ci­fi­caría. Com­prén­dalo, aquí la gente tiene miedo. La otra cat­e­goría es la de los buitres de siem­pre. Se las dan de sol­i­dar­ios –No se pre­ocupe, yo le dejo la casa– y luego te cla­van un alquiler cua­tro veces más caro de lo nor­mal: Yo corro el riesgo, cómo no, pero ya sabe, aquí todo tiene un pre­cio. Pero junto a este miedo, que a menudo no es más que una cobarde coar­tada para no ser adscritos a un bando –el mío, en este caso–, tam­bién están los gestos de muchas per­sonas, descono­ci­das todas ellas, que me brindaron un refu­gio, un cuarto, amis­tad, calor. Aunque a menudo no pude acep­tar sus ofrec­imien­tos por motivos de seguri­dad, tam­bién escribí en estos lugares hos­pi­ta­lar­ios y llenos de cariño.

Muchas de las pági­nas que se reú­nen en este libro ni siquiera las escribí en una casa, sino en una habitación de hotel. Los hote­les, todos iguales, por los que he pasado estos años y que siem­pre me han resul­tado odiosos. Las habita­ciones de esos hote­les tam­bién son oscuras y no tienen ven­tanas que puedan abrirse. No hay ven­tanas, no hay aire. Por la noche sudas. Si pones el aire acondi­cionado porque te asas, el sudor se te seca encima y al día sigu­iente te duele la garganta.En el extran­jero sucedió que de un lugar, quizá uno de esos que en otro tiempo soñaba con cono­cer, lo único que vi fueron esas habita­ciones de hotel y el per­fil de la ciu­dad tras los cristales oscuros de un coche blindado. No se fia­ban de dejarme salir a esti­rar un poco las pier­nas, ni siquiera con la escolta que me habían asig­nado. Muchas veces ni siquiera se arries­gan a dejarme más de una noche en el mismo hotel. Cuanto más civ­i­liza­dos, tran­qui­los y ale­ja­dos de la crim­i­nal­i­dad y las mafias son estos lugares, donde yo me siento com­ple­ta­mente seguro, más te tratan como a alguien o algo que podría estal­lar­les en las manos. Son suma­mente amables y orga­ni­za­dos. Pero te tratan con unos guantes que no sabes muy bien si son de cer­e­mo­nia o de arti­ficiero. Y tam­poco sabes si eres un paquete de regalo o un paquete bomba.

Muchas más veces viví en las habita­ciones de un cuar­tel de cara­bineros. En mi nariz, el olor a grasa de las botas de mis veci­nos guardias; en mis oídos, el ruido de fondo de la tele­visión que trans­mitía par­tidos de fut­bol y las blas­femias cuando les llam­a­ban para un ser­vi­cio o cuando mar­caba el equipo con­trario. Sábado, domingo, días mor­tales. En el vien­tre casi vacío e inmóvil de una bal­lena grande y vieja. Mien­tras, allá fuera, intuyes movimiento, oyes gri­tos, luce el sol, ya es ver­ano. Y resulta que sabes dónde estás, sabes que si pudieras salir, al cabo de dos min­u­tos pasarías por delante de tu vieja casa, la primera donde te dijeron: Ya era hora de que te mar­cha­ras, y cinco min­u­tos después lle­garías a la orilla del mar. Pero no puedes hacerlo.

Puedes escribir. Debes escribir. Debes y quieres seguir. El cin­ismo del que hacen gala muchos lit­er­atos siem­pre deja entr­ever una suerte de recelo frente a todo lo que no tiene un fin con­creto, un plan definido. O la dis­tan­cia de quien solo quiere hacer un buen libro, con­struir una his­to­ria, limar las pal­abras hasta obtener un estilo her­moso y recono­ci­ble. ¿Es eso lo que debe hacer un escritor? ¿Eso y nada más es lit­er­atura? Si es así, en lo que a mí respecta, preferiría no escribir ni pare­cerme a esas personas.

Necesi­dad de destruir todo lo que pueda ser deseo y empeño: eso es el cin­ismo. El cin­ismo es la armadura de los deses­per­a­dos que no saben que lo son. Lo ven todo como una man­io­bra astuta para enrique­cerse, la pre­ten­sión de cam­biar como una ingenuidad de apren­dices de bru­jos y la escrit­ura que quiere lle­gar a muchos como una impos­tura mer­can­til. A estos señores recelosos con una perenne son­risita mali­ciosa de quien sabe a cien­cia cierta que todo va a acabar mal no se les puede quitar nada, porque ya no tienen nada por lo que valga la pena luchar. Pero no se les puede echar de sus casas, que a menudo están dec­o­radas con gusto, arreglad­i­tas. Su arte, su idea de la pal­abra, se parece a esas casas boni­tas y no quieren aban­donar su perímetro bien amue­blado. Pero en el priv­i­le­gio de sus vidas desen­gañadas y pro­te­gi­das no tienen la menor idea de lo que sig­nifica real­mente escribir.

Escribir, ahora, es tam­bién un modo de dar voz al dolor que sentí los primeros meses, cuando el vien­te­cillo de las acusa­ciones y las calum­nias arreciaba a medida que crecían las ven­tas de mi libro. Al prin­ci­pio, cuando los con­s­abidos per­son­ajes dili­gentes me las remi-tían, se me revolvían las tripas.

Se lo ha escrito otro. Yo le escribo los artícu­los que manda al per­iódico. Tengo prue­bas, es un hol­gazán. A los vein­tiséis años uno juega al fut­bol, este no puede escribir ya así. “Es un latin lover de pacotilla.”Es un yon­qui que se viste como un gitano. Está mane­jado por algún político. Le he inven­tado yo. Creedme, conozco todas sus debil­i­dades. Lo único que quiere es fama y dinero. Hoy todas estas meme­ces de ren­corosos o de gente que sim­ple­mente quería lla­mar la aten­ción casi me dan risa, e incluso las he reunido para hacer una antología de la estu­pidez, algo que acon­sejo a todos los que cor­ran la misma suerte que yo: destacar, sobre todo en el Sur, en un ambi­ente donde a menudo tienes que per­mu­tar el mero dere­cho a res­pi­rar por la ena­je­nación del alma y la cas­tración de todos los sueños.

En esta antología de la estu­pidez se incluyen, por ejem­plo, las car­tas de los numerosos abo­ga­dos de sedi­centes ami­gos o pari­entes de alguno de los que nom­bro en mi libro, unas car­tas que me pedían con eufemis­mos algo cuyo sen­tido era: o pagas o dec­i­mos que has men­tido, que has copi­ado, o bus­camos con­tac­tos con la prensa para sem­brar dudas, para hacer la gota malaya mediática. Frases como esta me rev­e­laron clara­mente en qué medida me había con­ver­tido en una pesadilla para ellos: porque mis pal­abras, en manos de muchos lec­tores, han sabido demostrar que unos asun­tos que ellos creían fáciles de con­tro­lar, cono­ci­dos solo por unos pocos, podían lle­gar a ser un instru­mento pa-ra cam­biar. Se han con­ver­tido en un asunto de todos.

Me parecía increíble que estu­viera sopor­tando todo eso. Luego, un buen día, en la Acad­e­mia de Esto­colmo, Salman Rushdie me dijo: A los muer­tos no les gusta la vida. A todos los que para tra­ba­jar tienen que venderse, a todos los que para escribir deben lle­gar a com­pro­misos. A esos para quienes tu mera exis­ten­cia sig­nifica que se pueden hacer las cosas de otro modo. ¿Te das cuenta de lo latoso que resul­tas? Con el paso del tiempo com­prendí que podía ser real­mente latoso y odioso para quienes detes­tan mi modo de escribir, de ser y apare­cer. Para quienes quer­rían que me escondiese, que fuese más dis­creto, que no me pre­sen­tase en las uni­ver­si­dades o en pro­gra­mas tele­vi­sivos de máx­ima audi­en­cia. Para quienes pre­fieren que solo exista evasión y espec­táculo, porque eso les garan­tiza una suerte de monop­o­lio de la seriedad. Y con el paso del tiempo aprendí a medir el valor de las pal­abras tam­bién con los ene­mi­gos que cada vez tenía enfrente. Cuando alguien me cuenta que en algunos per­iódi­cos y en algunos pro­gra­mas de tele­visión me ata­can, sé que he hecho bien. Sé que cuanto más inten­tan desle­git­i­marme, más miedo dan mis pal­abras. Cuanto más fuertes son las riso­tadas vul­gares de muchos int­elec­tuales molestos, más claro resulta que mis pal­abras les ensordecen.

Todo esto me ha enseñado a apre­ciar a quienes me crit­i­can sin desa­cred­i­tarme ni insul­tarme, sin inven­tar igno­minias ni embustes. Una con­frontación crítica leal es lo único que ayuda a cre­cer y mejo­rar, mien­tras que el pen­samiento total­i­tario oculto tras el cin­ismo de cierto mundillo mediático es mi peor ene­migo. Creo que es un ali­ado, a veces sin saberlo, del poder crim­i­nal. Si se siente la necesi­dad de mostrar que nadie está limpio, que todo está podrido, que tras cada intento de cam­biar se esconde un pre­texto o una men­tira, entonces da igual ocho que ochenta, todo es líc­ito y posi­ble. Esta acti­tud es la aneste­sia que facilita la pro­mo­ción de quien se deja cor­romper hon­rada­mente, de quien acepta el com­pro­miso, de quien opta por el saqueo, la super­viven­cia, la pornografía de quedarse mirando y gozando de lo peor que llega a tu casa cada día. Todo está jus­ti­fi­cado porque las cosas siem­pre se han hecho así, porque todos las hacen así o, peor aún, porque solo se pueden hacer así.

Para mí escribir siem­pre es lo con­trario de todo esto. Salir. Ser capaz de escribir una pal­abra en el mundo, pasársela a alguien como un papelito con una infor­ma­ción clan­des­tina, uno de esos que debes leer, apren­der de memo­ria y luego destruir hacién­dolo una bola, empa­pán­dolo en saliva para tra­garlo y que se macere en tu estó­mago. Escribir es resi­s­tir, es oponer resisten­cia. Así lo expresaba el título de mi entre­vista por tele­visión con Enzo Biagi. Se llam­aba Resisten­cia y resistentes. Mi expe­ri­en­cia de estos años tam­bién me ha per­mi­tido cono­cer a muchas per­sonas que nunca podré olvi­dar. Me ha dado la posi­bil­i­dad de cono­cer, jus­ta­mente, a Enzo Biagi, de mere­cer su aten­ción, de ver que aquel hom­bre tan mayor aún tenía esa inqui­etud de inter­rog­a­rse a través de las pre­gun­tas hechas a otros, de enten­der nue­stro tiempo, nue­stro país. No basta con haberle dicho adiós en su entierro, con haber escrito una o dos pági­nas después de su muerte. Es pre­ciso cor­re­spon­der a su ama­bil­i­dad incluso después, lograr que se quede con nosotros un poco más. Para eso sir­ven las pal­abras cuando se jun­tan en un libro, en algo que está des­ti­nado a durar.

Luego está Miriam Makeba, la granMamá África, la voz que cantaba la lib­er­tad de un con­ti­nente pero se murió en Cas­tel Volturno después de un concierto para recor­dar a seis her­manos asesina­dos por la Camorra y para mostrarse sol­i­daria con alguien como yo, a quien no conocía, ame­nazado por un ene­migo del que ni siquiera sabía el nom­bre. Pero lo hizo. No se encon­traba bien, pero vino. Cantó delante de pocas per­sonas, después de haber llenado esta­dios enteros. Y murió en mi tierra, que ahora tam­bién es la suya. De ahora en ade­lante la lucha por esta tierra, mi lucha y la de cualquiera que tenga ganas de con­tin­uarla, tam­bién lle­vará escrito en su ban­dera invis­i­ble el nom­bre de Miriam Makeba (…)